Humedales: la coartada verde de Suacha
Por: Jóvenes en Paz – Equipo SETIS
¿Sabías que los humedales son conocidos como los riñones del mundo? No solo son tierras húmedas, sino que también albergan el 40 % de la biodiversidad del planeta. Si se atreven a conocerlos, se darán cuenta de lo hermosos y llenos de magia que están.

Humedal Neuta, áreas de influencia Parque Campestre
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En Suacha, los humedales y cuerpos de agua suelen presentarse como imágenes de reconciliación con la naturaleza. Suena bien, tranquiliza conciencias. Pero basta acercarse un poco para notar que son, en realidad, el registro desagradable de todo lo que preferimos no mirar: abandono, intervenciones a medias y una fe casi ingenua en que el deterioro siempre tiene vuelta atrás.
Los humedales son reconocidos de diversas formas. Para algunos, espacios vulnerables, zonas inseguras, territorios de conflicto o basureros. Para otros, santuarios de vida, refugio para animales, fuentes de agua, espacios educativos, de paz y participación ciudadana.
El humedal Neuta, por ejemplo, resiste, sí; pero más por la terquedad de la naturaleza que por virtud de las instituciones. Por otro lado, el humedal Tierra Blanca no es exactamente un milagro de recuperación; su nombre ni siquiera puede considerarse adecuado, pues no es más que una excepción que usamos para convencernos de que, ‘de hecho’, el daño es reversible y no deberíamos preocuparnos. O el humedal Vínculo Maiporé, celebrado como símbolo de restauración, también deja ver lo frágil que es esa misma comunidad cuando se diluye su entusiasmo.
Se insiste en la épica del trabajo colaborativo, como si bastara con invocarlo; como si Dios mismo fuese a bajar del cielo y solucionar nuestros problemas. La realidad no es tan cómoda: sin presión ciudadana constante, las instituciones llegan tarde o llegan mal, si es que algún día llegan; y sin recursos estables, los vecinos terminan cargando con responsabilidades que no les corresponden.
Conviene desconfiar de las moralejas fáciles. Decir que “la comunidad sostiene los humedales” suena muy lindo, pero también desplaza la responsabilidad de quienes toman decisiones. No todo puede recaer en jornadas de limpieza ni en talleres bienintencionados. Hay algo profundamente acomodado en celebrar al voluntario mientras se normaliza la ineficiencia estructural de todo lo que rodea y hasta es tocado por dicho voluntario.
Mientras la ciudad se expande sin demasiadas preguntas, los humedales quedan reducidos a islas simbólicas: útiles para discursos, marginales para la planificación real. Se habla de ellos como si fueran reservas morales, cuando en la práctica funcionan más como zonas de sacrificio contenidas.
Suacha no necesita más metáforas sobre sus humedales. Necesita admitir lo evidente: que los sostiene con un esfuerzo precario y verborrea optimista. Nombrarlos como símbolos puede ser útil, sí, pero también corre el riesgo de convertirlos en una coartada. Y de coartadas, Suacha ya tiene suficientes.

Humedal Tierra Blanca, sector Torrentes
El estado actual de los humedales es el eco de una ausencia prolongada y del desconocimiento. Hoy, muchas personas los ven y se limitan a la crítica superficial: los ven sucios, pero olvidan que eso es el efecto lógico de nuestra causa favorita: la indiferencia. Esa degradación no es la esencia ni la naturaleza de nuestra agua; la vemos contaminada porque la convertimos en vertedero y la sentimos insegura porque le dimos la espalda y dejamos que la soledad lo habitara. La inseguridad no nace del agua, nace de la ausencia.
Tal es el caso del humedal Tierra Blanca, en donde se evidencian asentamientos informales, vertimientos de aguas residuales, arrojo inadecuado de desechos, un puente en pésimas condiciones para el uso ciudadano y la pérdida de los límites de seguridad establecidos para el cuidado del ecosistema. Esta situación no solamente evidencia la ausencia de justicia ambiental, sino también profundas injusticias sociales.

Humedal Tierra Blanca, Puente peatonal Ducales – Compartir
Y es que, ¿cómo se cuida lo que no se ama y cómo se ama lo que no se conoce? Pero algo aún más fuerte que ello es: ¿cómo se saca de su hogar a quien nunca ha tenido uno?, ¿cómo se soluciona integral e interinstitucionalmente la problemática de la invasión de ronda, en la que más de 500 familias ocupan informalmente zonas consideradas como áreas de protección?, ¿cómo hacerlo sin revictimizar al territorio y a las personas, procurando siempre la dignificación de la vida para todos los seres?
Ver las viviendas sobre la ronda hídrica del humedal Tierra Blanca causa dolor en aquellos que buscan su protección y reconocimiento. Pero en ese dolor ambiental también hay compasión y síntomas de injusticia social, de aquello que con atención oportuna se pudo haber prevenido, no solo en papel, sino a través de los hechos y de la demostración real de la Alcaldía de Soacha y la CAR.
El humedal Neuta parece ser el único que ha logrado escapar de esa visión equivocada de creer que el territorio es un recurso infinito para explotar. Su belleza actual es el fruto de luchas históricas de líderes, lideresas y organizaciones comunitarias que entendieron que cuidar el territorio no es ser su dueño para destruirlo, sino su guardián o mohán (1) para salvarlo. Ellxs comprendieron que el cemento no respira ni en él germina la vida.
Pero el olvido no viene solo por parte de nosotrxs; hay causas mucho más cínicas. Vemos a una administración que monta un teatro hablando de inversiones de casi $6.000 millones de pesos, mientras que, en la orilla, el efecto de ese dinero brilla por su ausencia. Esto lleva a preguntarse: ¿realmente se invierte para rescatar la vida o para maquillar el entorno?
La desidia de hoy es la corrupción del ayer. Un humedal no es un parque con rejas para la publicidad de un político; es un organismo vivo, algunos en muerte lenta, mientras el presupuesto desaparece en promesas políticas.

Humedal el Vínculo Maiporé
- Mohán: En Colombia y gran parte de la mitología sudamericana, un Mohán (también conocido como Poira o Muan) es un espíritu o deidad protectora de los ríos y bosques.
Cuando la política se disfraza de espectáculo
En Suacha ya ni siquiera hace falta explicar la política pública. ¿Para qué, si ahora los políticos hacen de influencers? El 22 de abril, día de la Tierra, la Secretaría de Ambiente decidió anunciar la “recuperación” de los humedales con una mascota animada que echa chisme y una cifra repetida hasta el mareo: $6.000 millones de pesos. Todo muy simpático, muy compartible, diseñado para que alguien lo mande por WhatsApp con un “mira qué bonita la rana”. La gestión ambiental, al parecer, ya necesita el mismo tratamiento narrativo que una cuenta de TikTok.

Imágen institucional rana sabanera, Alcaldía de Soacha
https://www.facebook.com/reel/1616457916230871
¡Y funciona! Claro que funciona. A estas alturas, cualquier cosa con una voz caricaturesca, humor tibio y edición dinámica produce más interacción que un informe técnico; eso es obvio.
El problema es que también produce ciudadanxs perfectamente domesticados para confundir la cercanía estética con la transparencia que deberían tener las instituciones. Como si utilizar la fauna para los discursos institucionales volviera menos sospechoso el manejo de recursos públicos.
Pero la verdadera trampa del video no está en la rana sabanera. Está en una palabra: “recuperación”.
¿Recuperar qué exactamente?
Porque cualquiera que conozca mínimamente el humedal Neuta sabe que su estado actual no apareció mágicamente con esta administración. Hay procesos comunitarios, vigilancia ciudadana y años de cuidado ambiental que lo han hecho posible. Entonces resulta curioso escuchar a la alcaldía, a través de sus redes sociales, como si hubiera descendido a rescatar un ecosistema moribundo con el poder redentor de $6.000 millones y el uso de la inteligencia artificial.
Y ahí aparece algo muy típico de la política contemporánea: el Estado llega tarde, encuentra un proceso ya existente y luego se instala narrativamente como protagonista absoluto. La restauración ambiental termina convertida en operación de imagen: intentar que estos señores de corbata y reflejos burocráticos parezcan jóvenes apasionados por el entorno. Se administra el cuento antes que el territorio.
Además, si se revisa el contenido del video (y también el reel “serio” de la Secretaría de Ambiente) se descubre que ambos dicen prácticamente lo mismo. Cambia la voz, sí, pero es igual de vacío. Los famosos $6.000 millones flotan en el discurso como una cifra litúrgica: la pronuncian, la repiten y esperan que produzca una reverencia del público. Pero nadie explica con claridad contratos, cronogramas, metas ecológicas o mecanismos de seguimiento. Mucha solemnidad presupuestal y muy poca información verificable.
Y sí, cualquiera con problemas de atención puede reducir esta crítica a “odio al progreso” o “quejarse por todo”. El problema no es hacer uso de la inteligencia artificial; de hecho. El problema es usar la creatividad para disimular pobreza discursiva. Porque el video insiste obsesivamente en “recuperar humedales”, “proteger lo que queda” y “trabajar por la ciudadanía”, pero evita explicar algo absurdamente básico: ¿por qué los humedales importan en primer lugar?
Alcaldía, secretaría de Ambiente de Soacha y director regional de la Corporación Autónoma regional de Cundinamarca, dejen de tratar los espejos de agua como espejismos electorales y espectáculos mediáticos. Porque cuando el agua falte, no habrá fajo de billetes ni rueda de prensa que nos devuelva el aire ni la vida.
Y luego está el asunto de “perimetrar” los humedales. Lo mencionan como si la palabra tuviera un efecto tranquilizador automático. Perimetrar para proteger, dicen. ¿Proteger de qué? ¿De la ciudadanía? ¿De la expansión urbana impulsada durante años por la misma lógica política que ahora descubre una súbita sensibilidad ecológica? Porque, mientras los videos hablan de biodiversidad con música inspiradora, Suacha sigue rellenando territorios con cemento y promoviendo visiones que se imponen como si los ríos, humedales y otros cuerpos de agua fueran una molestia urbanística.
Lo verdaderamente fastidioso es que probablemente tengan razón.
La gente compartirá el video, comentará la rana, celebrará el tono fresco y sentirá durante unos minutos esa agradable ilusión de modernidad administrativa. Mientras tanto, los contratos seguirán enterrados en PDF ilegibles y los humedales, por ejemplo, continuarán dependiendo menos de campañas virales que de ciudadanxs tercxs que llevan años cuidándolos.
Está claro que la institucionalidad entendió que no necesita convencer. Le basta con resultar agradable. Y muchos, felices, porque una ranita imaginaria les habló “como panas”.
En definitiva, hay algo profundamente ofensivo en la manera en que las administraciones actuales le tienen pánico al lenguaje complejo. Todo debe sonar juvenil, casual, radical y emocionalmente digerible, como si la ciudadanía fuera intelectualmente incapaz de soportar más de veinte segundos reteniendo información útil. Y quizá esa sea la parte más deprimente de todo esto: no la rana, sino la convicción institucional de que el público necesita entretenimiento permanente para tolerar una conversación sobre su propia ciudad.

Pibí oriental – Contopus virens, ave migratoria
Los humedales, la fauna y todas las formas de vida que habitan en Suacha no existen para nosotrxs; somos nosotrxs quienes dependemos de ellos. Este es un llamado a reconocernos interdependientes, parte de este gran territorio y cuerpo vivo.
